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domingo, 3 de diciembre de 2017

Berlin, 1993


Berlín, 1993
Guadalupe Ángela
Para mi amigo Roland Geyer,
por su visita.

El Zócalo y los deseos
Hace 25 años, en 1992, fui con una amiga a tomar algo al Zócalo, un espacio muy bello de la ciudad de Oaxaca, lleno de laureles alrededor del kiosko; en los márgenes de la plaza, bajo los arquitos de arquitectura colonial, se encuentran mesas de distintos restaurantes para sentarse, comer y charlar. En aquella época, tenía yo casi veinte tres años. Había terminado la licenciatura en la enseñanza de idiomas en la buap, en francés, además de mis estudios, a la par, de inglés y de alemán.  Después de pasar cinco años en Puebla, regresé a Oaxaca con el fin de encontrar un trabajo.
Mi objetivo era ahorrar para ir de viaje a Europa con mi mochila. Deseaba ir a algún país donde se hablara francés o alemán. No tenía idea de cómo hacerlo, pero comencé a dar clases de inglés, de francés y sobre todo, de español, como segunda lengua, a extranjeros que pasaban un tiempo en Oaxaca. Como vivía temporalmente en casa de mis padres, no gastaba en renta, así que cambiaba a dólares lo que más fuera posible de mi salario. 
Estábamos sentadas charlando mi amiga Araceli y yo y, al lado de nosotras, vimos una mesa de jóvenes que hablaban alemán, así que con mi deseo de conocer gente y de practicar ese idioma, le pregunté a uno de ellos: Wie spät es ist? (¿Qué hora es?) Pregunta que dio como resultado una incipiente amistad con los chicos, especialmente con Roland Geyer. Salimos con el grupo de amigos mientras estuvieron aquí a diferentes lugares. Luego, nos despedimos, no existía el face book ni el whatsapp, así que se trataba de intercambiar direcciones y números de teléfono (este último difícil de usar por los costos internacionales). En esas pláticas que tuvimos, le dije a Roland que yo deseaba ir una temporada a Europa. Pasaron unos meses y recibí una llamada desde Alemania, era Roland, me preguntó: ̶ vas a venir a Alemania? ̶ Yo le contesté que sí, ̶ ¿cuándo? ̶ El primero de marzo, le respondí.

BurgsdofstraBe 16, Wedding
Así, el 1º de marzo estaba yo en el aeropuerto de Berlín esperando a mi amigo Roland, a quien había conocido muy poco, pero que me había caído muy bien. Fue por mí al aeropuerto. Hicimos el acuerdo que yo me quedaría en el cuarto de su compañero de casa que estaba de viaje por tres meses, a cambio de la estancia, yo hablaría español y le daría clases de gramática de vez en cuando a Roland. La primera sorpresa que tuve fue que era un departamento sin sala ni comedor (en México, aún en las casas más sencillas hay una salita-comedor) consistía en dos cuartos, una cocina pequeña y un baño minúsculo. El cuarto de Roland era grande y ahí había una mesa que se podía ampliar según las necesidades. En el mío, se hallaba la estufa de carbón, una cama, un librero lleno de libros en alemán y una mesa bastante grande que servía como escritorio. Vivíamos en BurgsdofstraBe 16, Wedding.

Sprichst Du Deutsch?
Cuando salí a la calle, me di cuenta que no hablaba alemán aunque lo hubiera estudiado tres años, solamente se me hacían familiares los sonidos, fue poco a poco con la práctica constante y las clases que tomé en la Volshochssule –haciéndome pasar por española, pues eran gratuitas para los europeos– que mejoré mi nivel de alemán. Lo hablaba mejor después de tomar una cerveza hefeweisen, costaba 5 marcos alemanes, monedas que reservaba en mi poco presupuesto que tenía. Los primeros tres meses fueron maravillosos, Berlín era una ciudad llena de cafés de todos los estilos; en verano, todas las mesas estaban en el jardín, en los patios, en las aceras; las personas amaban estar al aire libre, en el sol, porque sabían lo que era el invierno. Uno de mis favoritos era un café con largas mesas de madera, los desayunos también se servían en platos de madera que contenían el brötchen (panecito recién horneado y crujiente) rebanadas de distintos tipos de queso, mermelada y un huevo duro.  Una diferencia que noté en aquel entonces fue que a los alemanes les encantaba reunirse para conversar sobre distintos temas, se concentraban en lo suyo y casi no observaban a las demás personas alrededor. La gente compartía las enormes mesas. En el día se bebía café y por las tardes, brillaban los colores ámbar de las cervezas. Roland me consiguió la revista Zitty, en donde venían todos los eventos que ocurrían en la ciudad, entre ellos, los días en que era gratuito visitar los museos, recorrimos casi todos, entre los cuales, el de Egipto, donde se encuentra Nefertiti –sí, lo sé y estoy de acuerdo que debería de estar en Egipto– tanto su belleza como un ojo que el escultor no terminó de pintar eran impresionantes.

Tacheles
Berlín se distinguía por su actividad artística y alternativa. Ocurrían muchas cosas, mucho arte en las calles y en las casas ocupadas, una de ellas, la más famosa era Tacheles, un edificio abandonado de unos cuantos pisos que distintos artistas ocuparon, dentro, había un café con mesas y sillas recicladas, de distintos tamaños y colores, unas altas y otras bajas. Ahí se realizaban obras de teatro, también en la parte trasera, en un patio que estaba cubierto de arena, en donde había coches semi-enterrados, por supuesto que era uno de los lugares más económicos para ir a tomar algo. Fue en su momento un ícono de la ciudad. Yo llegué a Berlín cuando habían pasado 4 años de la caída del muro. Uno de los barrios más populares era Prenzlauerberg, esta parte había pertenecido a la Alemania Oriental, por lo que los espacios eran más accesibles para los jóvenes en cuanto a renta de habitaciones o espacios para algún café o bar. Todavía conservaban muchos rasgos de lo que habían sido, había un negocio que se llamaba Obst und Gemüse (frutas y verduras) había sido una especie de mercadito antes de 1989, luego se volvió un bar. Ahí estaba el Tacheles y por ahí, en una curva, en la calle OranienstraBe se ponían en fila algunas prostitutas, a mí me recordaban a las muñecas barbies de mi infancia porque eran todas rubias y largas, con short, medias, botas y una abonbochada chamarra, casi todas vestían de manera similar. Muchos jóvenes andaban en bicicleta. Yo anhelaba una, más tarde la conseguiría.

Lustig und preistwert
Después de los primeros tres meses que pasé en Berlín anonadada por sus actividades culturales, sus cafés, sus museos; el dinero que llevaba comenzó a agotarse y tenía que decidir si me quedaba o me regresaba; mi boleto tenía tres meses de vigencia, decidí quedarme a pesar de mi situación financiera. Puse un anuncio en la revista Zitty, decía: Spanisch Unterricht, lustig and preistwert (clases de español, divertidas y económicas). Para mi sorpresa, tuve varios estudiantes, lo raro era darles la clase en mi habitación, pues no había sala, ponía dos sillas junto a la mesa, ahí impartía las lecciones de gramática y de conversación. Algunos estuvieron unos días, otros, algunas semanas, otros, un par de meses. Una de ellas, cuando estábamos practicando el verbo tener, me dijo que tenía una bicicleta, pero que no le gustaba, yo le dije: ̶ me gustaría comprarla, ¿en cuánto la vendes?, ella me respondió: ̶ cuesta tres clases. De la conversación ficticia, pasamos a la realidad, fui a su casa que se encontraba a las orillas de la ciudad, me dio la bicicleta, era antigua y rosa, de un largo manubrio; luego me acompañó a la banqueta y como si fuera yo una bebé que empezara a caminar, me puse a pedalear en una ciudad que apenas conocía. La ventaja de Berlín es que había señalamientos especiales para los ciclistas, se hallaban pintados los carriles de ida y vuelta, en algunos puntos, hasta había semáforos para los ciclistas.

Rosa Fahrrad
Esa bicicleta rosa se convirtió en mi medio de transporte. Dejé de andar con frecuencia en el metro. Algunas noches checaba la revista Zitty y me informaba en dónde estaban tocando música que me gustara bailar, luego recorría Berlín de noche para llegar a los distintos lugares para moverse un rato. Recuerdo que una vez llegué como a las 11:00 de la noche a un sitio donde tocaban hip-hop y me puse a bailar –ahí la gente bailaba sola sin ningún pudor y cómo se le antojara moverse– y bailé y bailé hasta las 6:00 am y luego descolgué mi bicicleta de las rejas en donde había otras tantas y me fui de regreso a casa recorriendo Berlín de madrugada.

¿Qué tipo de queso?
En los primeros días que llegué a Berlín, mi amigo Roland quiso que hiciéramos una cena mexicana –yo, la verdad, no sabía cocinar mucho– así que le ofrecí hacer entomatadas, él estuvo de acuerdo, pero también me convenció de preparar frijoles negros refritos. Yo no pensé que los encontraríamos en el mercado, pero sí, ahí estaban, no tuve remedio más que ponerlos a remojar esa misma noche. Esa tarde que fuimos al supermercado compramos casi todos los ingredientes, pero al llegar a casa, me di cuenta que había olvidado el queso, así que mientras yo iba adelantando algunas cosas en la cocina, le dije a Roland que fuera por el quesito, él me preguntó de qué tipo de queso estaba yo hablando, yo le contesté que un queso blanco, así que otra vez me convenció de volver a ir al supermercado y escoger el queso que necesitaba. Entramos y me llevó al área de quesos. Cuando los vi en el aparador, me sentí francamente abrumada y sin tener una idea qué queso comprar, afortunadamente él sugirió el más cercano al que había comido en Oaxaca, era el queso italiano mozzarella. Ese fue uno de los primeros choques culturales que tuve; otra diferencia que no podía evitar era decir “danke” (gracias) cuando salía de un restaurante, ahí no se decía. En una de esas cenas que organizaba Roland conocí a Giorgio, un italiano-alemán que se volvió también uno de mis amigos más cercanos. Eventualmente mi fiesta de despedida de Berlín sería en su casa.

Lenny Kravitz
Berlín,1993, a la edad de 23 años fue realmente una experiencia muy significativa. Aprendí la cultura de las cenas entre amigos para charlar. En México me parecía en ese entonces que se acostumbraban mucho las reuniones familiares y que se les daba prioridad sobre las amistades. El círculo de amigos que tuve en Berlín eran en su mayoría ecologistas, de izquierda, críticos, artistas. Aunque yo no podía seguirles el paso en cuanto a comprar productos orgánicos porque costaban el doble de los productos comerciales. También por mi situación precaria, de escondidas, actué en un video donde se promovía Berlín para los juegos olímpicos. Nos ofrecieron 80 marcos alemanes. Éramos extra, nos dieron martillos y simulábamos derrumbar el muro y abrazarnos mientras se abrían botellas de champán –en otro lugar estarían mis amigos alemanes marchando en contra de que Berlín fuera la sede olímpica.  Esos 80 marcos alemanes me sirvieron para comprarme unas botas e ir al concierto de Lenny Kravitz que para entonces era mi cantante favorito. Para ese concierto, la gente se vistió con ropa de los sesentas, el metro iba repleto de espectadores, llegamos a una estación antes de la parada final, las puertas se abrieron y un pasajero común se quedó estupefacto al ver a toda una tribu vestida así, se quedó paralizado y no entró a los vagones, reímos en colectivo todos los que miramos la escena.

Un chapuzón en verano
Sentía que la etapa de la juventud en Berlín se extendía, es decir, veía a gente que tenía alrededor de los 50 años y seguía vistiéndose de jeans y chamarras de mezclilla. Ese fue uno de los choques culturales cuando regresé a México, sentí que la gente se convertía en señoras y señores después de los 30 años o justo después de casarse. Por otro lado, algo extraño en las fiestas de Berlín es que se bailaba poco, lo que se hacía era conversar. A mí me gustaba más mezclar, platicar un poco y luego bailar un rato. Eso sí, el verano era una gran fiesta, era un cambio impresionante tanto a nivel de paisaje como a nivel de ánimo, la gente estaba colorada de tanto sol, se hacían pic-nics en los parques, las chicas sacaban sus vestiditos de telas frescas y en algunos espacios verdes, hombres y mujeres se quitaban toda la ropa para echarse un chapuzón en alguno de los lagos que se encontraban en la ciudad.



Warst Du in Oaxaca?
Una tarde, en el metro, me encontré con un rostro conocido, era un alemán que había vivido en Oaxaca, yo lo había visto en el Centro de Idiomas de la UABJO, él también. Le pregunté: –Warst Du in Oaxaca? (¿Estuviste en Oaxaca?), –ja– (sí) me contestó. Le di rápidamente mi número de teléfono. Dos semanas más tarde, Alex Brust, me invitó a una de esas cenas de mesas largas llenas de amigos. Ahí conocí a varios alemanes que estudiaban español y que habían venido a México. Tenían una relación de gran aprecio e interés con la lengua y la cultura mexicana. Con varios de ellos hacía intercambios, hablábamos en alemán media hora y media hora en español.  Muchos de ellos más tarde me visitarían en México, una de ellas, Margarita, se volvería una amiga memorable con la que compartíamos el afecto por la bicicleta, y junto con Aracely, visitaríamos bellos lugares justo afuera de la ciudad de Oaxaca. 

Tres semanas sin sol
Luego vino el invierno y mi decisión de regresar a México. El frío era soportable, lo que no lo era para mí, fue la falta de días soleados. Pasaban semanas sin que se viera el mínimo sol, los cielos eran nublados y grises, a veces con llovizna. Entendí entonces el frenesí que provocaba el verano. Entendí también porque uno de los trabajos que hacía una colega colombiana del curso de alemán se trataba de acompañar a personas que estaban deprimidas, ella se iba a vivir con ellas, les hacía de comer y las hacía reír, tenía una chispa y una sonrisa inolvidables. Tal vez había algo en mi organismo que se veía afectado por la falta de sol. Comencé a extrañar México, añoraba hablar en español y me hacían falta algunos gestos espontáneos de los mexicanos.  También mi situación económica era muy elemental, vivía prácticamente con 20 marcos al día, 5 para mi cerveza hefeweisen y 15 para mi comida. Fue difícil tomar la decisión, pero ya me encontraba muy melancólica. Una de las actividades que me salvaba era haber entrado a dos clubes de lectura y escritura, dirigida por hispanos. Uno era de mujeres, lo llevaba a cargo una chilena de la cual desafortunadamente no recuerdo su nombre –trabajé con ella como baby sitter y su hija me corregía mi alemán– y el otro club era frecuentado sobre todo por españoles, en este último volví a escribir, no sabía bien qué era, si poesía o cuento, algo híbrido, sin embargo, la idea de regresar a México venía acompañada del deseo de continuar escribiendo, buscar un taller literario a mi regreso a Oaxaca. 
Roland dejó de fumar cuando llegué a vivir a su casa –yo no fumaba– pero también volvió a comer carne, cuando trajo del sur de Alemania las famosas salchichas blancas, con las que hicimos un almuerzo típico de Baviera, eran deliciosas. Mejoró su español. Vino a México de nuevo con su novia en el año 2000 por una visita corta. Yo lo visité en una oportunidad que tuve en su casa en Santa Bárbara, donde conocí a su hija. El conoció a la mía.

En unos días viene de nuevo a Oaxaca, por eso recordé Berlín, 1993, y quise escribir una brevísima crónica de aquel tiempo y de la importancia de charlar en unas mesas del Zócalo de Oaxaca, conocer a Roland, quien se volvería un gran amigo y un puente entre las dos culturas; quise también recordar cómo ha sido esencial, para mí, el aprendizaje de otros idiomas, aunque no los hable a la perfección, son el inicio de muchas aventuras que me han llevado a insólitos sitios: charlas, comida, vestimenta, bebidas… y muchos paisajes más.    













jueves, 16 de febrero de 2017

El barquito

Quédate con esa plaza le dijo su madre esa mañana mientras le servía más café. Ella la miró, al principio con molestia, después con compasión. Así tendrás asegurado tu trabajo en la universidad. Ella puso los ojos sobre la bata de su madre, había dibujos que parecían desprenderse. Tu padre estaría muy orgulloso de ti. Ella recordó la timidez de su padre en los negocios. Notó que en la bata había estampas de paisley, esas figuras que parecen imitar gotas, tocó una y su dedo se humedeció. Vio, entonces, cómo caía una en un platito mientras su madre ponía el pan al centro, de repente, sintió la necesidad de construir un barquito de papel con una servilleta, cuando lo terminó, ya estaba dentro, comenzó la navegación. Su madre continuaba dándole consejos hasta que se dio cuenta que estaba hablando sola.

Guadalupe Ángela

Las pérdidas

Entonces, nos llevaron a una sala, donde un grupo de personas hablaban de sus pérdidas, yo era la más pequeña, mientras ellos hablaban, yo comía tierra y semillitas que encontraba en el jardín. Ellos teorizaban y daban ejemplos, decían frases de superación personal. Una tarde sentí algo en mi empeine, era un tallo delgadito y peludo. Cuando salieron sus hojas y los botones de sus flores, no quise decirles nada, temí ofenderlos.

Guadalupe Ángela

De cacería

Lo colgaron de un gancho que había en el patio. Aún respiraba. Las gotas de sangre se dilataban y el rojo infló formando burbujas para guardar latidos. Me llamaron muy temprano para presumir su triunfo de cacería. Salí, todavía en pijama, y lo vi, estaba de cabeza. Me miraba justo antes de que entrara el cuchillo del más experto en carnicería. Yo temblaba, no sé si de frío. Creí por un momento que él había dicho mi nombre. Muchas noches después usé sus plumas para fiestas de disfraces.

Guadalupe Ángela

La colación

Creía en el prestigio. Sentía una enorme satisfacción al ascender de nivel en la empresa donde laboraba. Dueña de sí en su oficina, apenas saludaba al único amigo que alguna vez le tuvo afecto. Pidió en su lecho de muerte que la enterraran con su escritorio de fina madera con base de cristal. Así lo hicieron, pero a los tres días, los panteoneros lo sacaron, ahora lo usan de mesita para su colación de medio día.

Guadalupe Ángela

viernes, 25 de noviembre de 2016

Revista Kaballinsky

https://elcaballinsky.wordpress.com/

El giro del lenguaje en el discurso amoroso

https://elcaballinsky.wordpress.com/2016/11/15/el-giro-del-lenguaje-en-el-discurso-amoroso/

CORAZÓN: Esta palabra vale para toda clase de movimientos y de deseos, pero lo que es constante es que el corazón se constituya en objeto de donación, aunque sea mal apreciado o rechazado.
Roland Barthes.
Para Antonio

Hace unas semanas me encontré con las Cartas de amor del padre del psicoanálisis Sigmund Freud. Es un volumen de 125 páginas que reúne una parte representativa de las 900 cartas que le escribió Sigmund Freud a su novia, Martha Bernays. Cuando inicié la lectura, pensé en las cartas similares que escribí cuando tenía 28 años. La vida parecía una larga carretera que se ramificaba. Azul metálico era la vida. El amor parecía algo inalcanzable y al mismo tiempo tangible por instantes como luces intermitentes. En aquel tiempo tenía la certeza que las palabras eran llaves. Ahora creo que no solo ellas abren las puertas sino también los gestos y el silencio....

Berlin, 1993

Berlín, 1993 Guadalupe Ángela Para mi amigo Roland Geyer, por su visita. El Zócalo y los deseos Hace 25 años, en 1992, fui co...